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Buenos Aires, 7 de noviembre de 2002
Es para
mí muy grato dirigirme a esta convención de bancos. Ha pasado un año y
medio desde que el ex Presidente de la Rúa dispusiera mi remoción del
cargo de Presidente del Banco Central por mala conducta. Y es esta la
primera oportunidad que tengo para hablar con la comunidad de la banca
sobre los momentos tan poco felices que nos han tocado vivir a los
argentinos. Agradezco, pues, esta oportunidad.
El
sistema financiero argentino ha sufrido innumerables embates a lo largo de
su historia. Durante los últimos cincuenta años, lo que era un eficiente
sistema financiero y una economía con alta monetización – que
alcanzaba a alrededor del 50% del PBI en la década de los cuarenta – ha
tendido gradualmente hacia su desaparición, con intentos más o menos
exitosos de recomposición que nunca han durado más de unos pocos años.
El
caso que más nos conmueve hoy es la evolución francamente positiva del
sistema durante la última década, cuando la monetización pasó de valores inferiores al 5% del PBI en 1989 y llegó a
niveles del 35% hacia comienzos del 2001. Este crecimiento de los pasivos
estuvo acompañado por un sustancial incremento en el crédito al sector
privado, incluyendo cantidades importantes de crédito a las familias, crédito
hipotecario y prendario. Era una tendencia que hacía presagiar que seríamos
capaces de lograr los niveles de la década de los cuarenta.
Lamentablemente,
en el segundo semestre del año 2002 y en lo que va del actual hemos
asistido a su colapso. Los depósitos han caído de más de 81.000
millones de dólares en febrero de 2001 a o menos de la cuarta parte en la
actualidad, con una contracción aún mayor
en el crédito al sector privado debido al crowding out hecho por
el sector público.
Esta
historia, tan rica en experimentos, éxitos y fracasos, es el material
sobre el que tenemos que trabajar para sacar las lecciones que nos
permitan reconstruir el sistema financiero, dotándolo de la necesaria
solidez para evitar que vuelva a defraudar a quienes confíen a él sus
ahorros.
Es
por eso que quiero utilizar el tiempo que se me ha asignado para repasar
las principales lecciones que podemos sacar de esta experiencia. Luego,
analizaré en que medida el sistema financiero vigente a marzo de 2001 había
incorporado esas lecciones. Por último, haré algunas sugerencias sobre
la manera de reformular el sistema financiero, a la luz de estas
lecciones.
I. Lecciones
de la crisis
- La
importancia del contexto macroeconómico e institucional
Una
primer lección que surge claramente de la experiencia histórica, y que
es confirmada por la crisis actual, es que el crecimiento y la estabilidad
del sistema financiero dependen fundamentalmente de la estabilidad
macroeconómica.
Si
bien es cierto que ha habido crisis bancarias causadas por problemas intrínsecos
del sistema financiero (mala regulación y/o mala supervisión) no es
menos cierto que aún cuando la regulación prudencial sea la óptima y su
supervisión asegure su adecuado cumplimiento, el sistema financiero puede
colapsar como consecuencia de fracturas en el orden económico-institucional.
Los
desequilibrios macroeconómicos pueden llevar al sistema financiero al
colapso sin importar si éste tiene un grado adecuado de capitalización y
liquidez. La confianza, fundamento de todo sistema financiero con reserva
fraccionaria, es un elemento sumamente frágil (tan frágil como una
mariposa) y depende fundamentalmente de la consistencia del equilibrio
macroeconómico. Un quiebre en la confianza puede ser suficiente para
terminar con un robusto sistema financiero (¿sería un castillo de
cristal?).
De
donde se deduce que la regulación financiera y su supervisión es una
condición necesaria pero no suficiente para asegurar la estabilidad del
sistema financiero.
Este
hecho debe ser tenido muy en cuenta en el análisis de las crisis
bancarias, y en particular, de la Argentina. Mientras existió un manejo
que se reputaba de sustentable, como se gusta llamar hoy día, las
regulaciones prudenciales hacían su trabajo de asegurar que el sistema
financiero amortiguara los impactos de shocks externos. Pero cuando la
deuda pública dejó de considerarse sostenible en el tiempo, no hubo
regulación financiera que pudiera contra la estampida que provocó el
miedo de los inversores al default del estado, y a sus consecuencias sobre
el sector privado.
- Dependencia
de los mercados de capitales externos
Los países emergentes, por definición, son
países en los que la relación capital/trabajo es baja. Por lo tanto, se
beneficiarán de ingresos de capitales que aporten capital y tecnología.
Esto es especialmente cierto para Argentina pues su ahorro es muy bajo,
del orden del 17-18% del PBI, lo
que le impide generar los recursos necesarios para el pleno
aprovechamiento de sus recursos.
Es
lógico, en consecuencia, que los países en desarrollo procuren atraer
capitales externos. Sin embargo, la utilización de estos capitales
significa contraer una deuda externa que, si no es bien administrada,
puede ser una fuente importante de desequilibrio macroeconómico.
Por
otra parte, el hecho de que su relación impuestos/PBI sea sustancialmente
menor que en países desarrollados, hace que estos países tengan una
menor flexibilidad frente a shocks macroeconómicos. No es lo mismo
generar un superávit fiscal de 1% del PBI cuando la recaudación es el
40% del PBI que cuando es de tan sólo el 20%.
La
combinación de estos factores hace que estos países tengan que formular
una política de endeudamiento externa que sea sumamente conservadora,
tanto en cuanto a montos como a su estructura de vencimientos.
Por
otra parte, es necesaria una política tributaria que aliente al ahorro de
forma tal de disminuir la dependencia en el ahorro externo. Asimismo, es
importante disminuir el des-ahorro público que ‘consume’ parte del
ahorro nacional.
- Las
economías en desarrollo tienen una mayor volatilidad macroeconómica
que las de los países desarrollados
Los
países en desarrollo tienen, en general, una mayor volatilidad macroeconómica
como consecuencia, en algunos casos, de su mayor dependencia de algunas
exportaciones cuyos precios fluctúan considerablemente, o bien de una
mayor volatilidad en su política económica. Cualquiera que sea la causa
que la determine, lo que es importante es que esta mayor volatilidad debe
ser tenida en cuenta a la hora de establecer las regulaciones prudenciales
para el sistema financiero.
Los
estándares internacionales toman en cuenta básicamente la realidad de
los países desarrollados. Como tales, deben constituir el piso sobre el
cual se apoye la normativa prudencial de los países en vías de
desarrollo. Esto implica, necesariamente, mayores requisitos de capital,
así como normas de previsionamiento y de fraccionamiento de crédito más
estrictas.
Se
podrá argumentar que esto implica discriminar contra la banca nacional, a
favor de la banca extranjera. Esto no es así, en la medida que para
desarrollar su negocio bancario la banca extranjera debe abrir una
sucursal o subsidiaria local. Dado que este banco estará alcanzado por
las mismas regulaciones prudenciales, no existirá discriminación alguna
con respecto a la banca nacional.
Esto
puede ser cierto sólo si se cumplen dos condiciones. La primera, que el
préstamo se haga en forma directa desde la casa matriz. Y la segunda que
los bancos y/o los reguladores de la casa matriz no toman en cuenta el
mayor riesgo que implica prestar a países con esa volatilidad macroeconómica.
Este hipotético caso constituirá un subsidio a alguna empresa argentina,
sin dañar para nada la solvencia del sistema financiero.
4.
La imposibilidad del prestamista de última instancia
Otra característica de las economías
emergentes es la incapacidad de sus Bancos Centrales para actuar como
prestamistas de última instancia. Esta incapacidad no está vinculada con
el régimen cambiario que adopte el país, pues es una restricción que
opera de la misma manera si el tipo de cambio es fijo o flexible. En realidad, es una consecuencia de la inestabilidad de la
demanda por deuda pública, que caracteriza a esos países.
En un país desarrollado, frente a una fuga
importante de depósitos, el banco central puede otorgar redescuentos a
los bancos para que puedan atender esa salida sin disminuir su posición
de liquidez. Esto alterará, sin dudas, el cumplimiento de sus metas
monetarias - cualesquiera que estas sean: inflation targetting, control de
la cantidad de dinero o control del tipo de cambio. Para atenuar o
eliminar el impacto de esta medida, el banco puede intervenir en el
mercado de deuda pública, de forma de esterilizar ese impacto. Como
vemos, el supuesto básico que ha fundado este análisis de PUI es que la
corrida es contra un banco importante, o contra el sistema bancario en
general, pero no contra los activos del país. Esto implica que la demanda
por bonos públicos es estable, y es sobre la base de esa estabilidad que
el gobierno puede formular su política de PUI.
En economías emergentes, el problema es que
una corrida contra el sistema financiero usualmente está asociada con una
corrida contra todos los activos nacionales, incluyendo la deuda pública.
O, para ponerlo en una forma más restrictiva, es difícil pensar que la
demanda por deuda pública sea estable frente a una conmoción en el
sistema financiero que – muy probablemente- va a terminar incrementando
significativamente la deuda pública.
Reconocer esta incapacidad para actuar como
PUI no resuelve de por sí el problema pero nos orienta sobre la forma de
encarar su solución: debe construirse un PUI privado, por medio de dinero
y regulación.
Dinero, vía una suficiente dotación de
liquidez internacional en contrapartida de los pasivos de corto plazo,
pues es claro que cuando se produce una corrida bancaria los depositantes
estarán demandando simultáneamente activos externos y es esos activos
que los bancos deben tener para volver el sistema al buen equilibrio. Y
regulaciones que prevean la forma de manejar una crisis de liquidez sistémica
de gran magnitud.
- Los
medios de pagos son fundamentales para el buen funcionamiento de la
economía
Un
sistema financiero provee dos servicios básicos a la economía: los
medios de pagos y la intermediación entre el ahorro y la inversión. El
buen funcionamiento de una economía requiere no sólo de una moneda
estable sino también de un sistema que permita realizar las transacciones
a bajo costo.
Las
medidas adoptadas por el gobierno en noviembre del año pasado no
distinguieron entre medios de pagos y ahorros en el congelamiento, y
virtualmente paralizaron el sistema de pago. La caída del nivel de
actividad a partir de ese momento fue muchísimo mayor que la que venía
experimentando la economía en el segundo semestre.
Este
episodio nos muestra – de la peor manera, la de la experiencia propia
– la importancia de su normal funcionamiento.
La buena noticia es que aislar los medios de
pagos de los vaivenes del sistema financieros y de los avatares de la
macroeconomía es posible; la mala es que es caro. Un esquema de ‘narrow
banking’, es decir, 100% de respaldo con reservas internacionales a los
depósitos en cuenta corriente y de ahorro, es una medida que puede aislar
totalmente al sistema de pago del enorme costo que significa su disrupción.
Su costo también es alto.
El problema en la formulación de la política
financiera de cara al futuro será evaluar estos costos en relación a los
beneficios de asegurar la intangibilidad de los medios de pago.
- El
descalce de monedas
Cuando
el sistema financiero funciona con dos o más monedas, como fue el caso
argentino durante los 90’s, es posible que se generen descalces de
monedas entre activos y pasivos.
El
riesgo crediticio involucra siempre el riesgo de cambio en precios
relativos. En un régimen de tipo de cambio libre, las variaciones en el
tipo de cambio y, por ende, en el precio relativo transables-no
transables, son razonablemente predecibles. En un sistema de tipo de
cambio totalmente fijo, las variaciones de precios relativos pueden ser
predecibles pero condicionadas al mantenimiento del tipo de cambio. Las
devaluaciones son menos predecibles y, usualmente, su magnitud es
considerablemente superior debido al proceso de overshootings. En este
tipo de regímenes, es conveniente evitar el riesgo del fuerte impacto de
cambios en precios relativos causado por una devaluación inesperada,
prestando en la moneda en que está denominad la capacidad de repago de la
empresa.
Este
es un tema que debe ser analizado con cuidado, pues los
devaluadores-pesificadores de enero 2002 no son un espécimen de rara
avis sino que, por el contrario, conforman la fauna argentina desde
hace ya muchas décadas y aprovecharán cualquier excusa para licuar sus
deudas.
- La
exposición de la banca al sector público
En
los países desarrollados, los activos del sector público no
tienen riesgo de default, por lo que el Comité de Basilea no
formula ninguna recomendación sobre el límite a la exposición de este
sector.
En
los países en vías de desarrollo, casi por definición, los activos del
sector público tienen una probabilidad de default distinta de cero. Ésta
está expresada en la diferencia entre la tasa de interés que pagan esos
bonos y los de madurez comparable de países desarrollados y en la
calificación crediticia de la deuda de ese país. Por lo tanto, la
exposición del sistema financiero al sector público debe ser limitada,
como lo es la tenencia de cualquier otro activo. Este es uno de los
conductos a través del cual el riesgo de default del sector público se
puede trasmitir al sistema financiero.
- La
independencia del Banco Central
Paul Volker, Presidente de la Reserva Federal
de los Estados Unidos en los 70’s, dice en el prólogo a un libro sobre
Banca Central: “El único poder propio de la banca central es el poder
de crear dinero. Pero el poder de crearlo es también el poder de
destruirlo”.
En
una economía en la que hay estabilidad de precios, éstos pueden llevar a
cabo la magnífica y colosal tarea de asignar los recursos productivos.
Los precios constituyen el lenguaje de la economía. Cuando hay
interferencia en ese lenguaje, cuando las señales no llegan claramente al
productor o al consumidor, el nivel de bienestar de la comunidad no
alcanza su máxima expresión.
La
inflación, fenómeno con el que convivimos gran parte de los últimos
cincuenta años, tiene profundos impactos políticos y económicos. Por de
pronto, representa una violación al derecho de propiedad consagrado por
la Constitución Nacional. En una economía nominalista, en la que las
prestaciones futuras están pactadas en la moneda nacional, la inflación
– en especial la no esperada - implica un desbaratamiento del derecho de
propiedad. En segundo lugar, si bien su origen es una consecuencia del
mecanismo utilizado para financiar al estado, se ha convertido en un
mecanismo por medio del cual grupos minoritarios logran subsistir a pesar
de su marcada ineficiencia. Así, estos grupos ocultan su ineficiencia
vía el endeudamiento bancario para luego promover la devaluación
que licue sus deudas. Otra faceta sumamente negativa es su regresividad
pues quienes pagan este impuesto son principalmente aquellos que tienen
ingresos fijos, en particular los asalariados y jubilados. En resumen, la
inflación es un mecanismo de redistribución de ingresos y riqueza,
totalmente fuera del marco constitucional, y que produce fuerte impacto
sobre la estructura social, tendiendo a disgregarla.
Las
consecuencias económicas de la inflación no son menos dañinas. La mayor
volatilidad de precios relativos que introduce hace que el lenguaje económico
pierda parte de su eficacia, al estar contaminado por el ruido de la
inflación. Desalienta el ahorro en el sistema financiero en la medida en
que este esté reducido a la moneda nacional. De esta forma alienta la
auto-inversión, forma menos eficiente que la intermediada por un sistema
financiero eficiente, al mismo tiempo que favorece la fuga de capitales a
los efectos de canalizar el ahorro nacional en sistemas financieros del
exterior que ofrezcan mayor seguridad en cuanto a la moneda y a la
estabilidad del sistema financiero.
Lograr la estabilidad de precios y la
estabilidad del sistema financiero son dos objetivos fundamentales de
cualquier sistema económico. La experiencia internacional otorga al Banco
Central un rol preponderante en el logro de estos objetivos, y considera
su independencia como un instrumento esencial para que sus funcionarios
estén fuera del alcance de las presiones políticas que impone el ciclo
de elecciones.
II. La
aplicación de las lecciones durante los 90’s
Habiendo
expuesto cuales son las principales lecciones que hemos aprendido de las
distintas crisis, quisiera considerar en que medida estas fueron tomadas
en cuenta en los años 90’s.
La
formulación del sistema financiero fue hecha en el marco de un programa
económico que tenía dos objetivos centrales: lograr la estabilidad de
precios y que el sector privado fuera el actor fundamental en el
crecimiento económico.
Para
lograr el primer objetivo se sancionó la nueva Carta Orgánica del Banco
Central que, además de fijar con claridad su objetivo prioritario, la
estabilidad de precios, le otorgaba independencia del poder político en
su prosecución. Asimismo, establecía con claridad el respaldo que debía
contar el peso argentino y le prohibía la financiación al sector público,
más allá de escasos límites anuales. La Ley de Convertibilidad
asegurando la libre contratación en distintas monedas y prohibiendo la
indexación de los contratos en la moneda nacional, junto con una
reformada ley de entidades financieras completaba el marco jurídico.
En
cuanto al segundo gran objetivo, convertir al sector privado en el
motor del crecimiento económico, se buscó liberarlo de las pesadas
cargas de la intervención estatal, sometiéndolo a la competencia tanto
interna como externa. Para ello, entre otras medidas, se desreguló la
actividad económica, se privatizaron las empresas públicas, se abrió la
economía al comercio internacional de bienes y de capitales, se sancionó
una ley de inversiones extranjeras que confirió igual tratamiento al
capital nacional que al extranjero.
El resultado fue un marco de estabilidad de
precios y de seguridad jurídica que fomentó el retorno de los capitales
que se habían fugado en la década de los 80’s, lo que derivó en un
crecimiento sostenido de la inversión interna, con el consecuente avance
tecnológico, un crecimiento del empleo y de la actividad económica.
Durante
este período, sin embargo, la deuda pública aumentó como proporción
del PBI. Durante toda la década y hasta bien entrado el año 2000 se
consideraba sostenible, en el sentido que el superávit primario necesario
para mantener la relación deuda pública
constante como proporción del PBI era relativamente fácil de
alcanzar, en la medida en que el riesgo país fuera bajo y el producto
bruto creciera a una tasa considerada modesta.
A
partir de mediados del año 2000 la situación cambia. La economía que se
había recuperado del shock del default ruso y de la devaluación
brasilera desde mediados de 1999, pierde fuerza y la ecuación de
sostenibilidad se hace cada vez más difícil de cumplir. Comienza a haber
discusiones sobre la posibilidad de que Argentina tenga que enfrentar una
reestructuración de su deuda.
A
partir de este momento y hasta la implantación del ‘corralito’, el
comportamiento del sistema financiero se hace totalmente dependiente del
riesgo de default del sector público, pues es claro que este, de una
forma u otra, terminará produciendo el default del sector privado.
Todo
lo que digamos de aquí en más en materia de regulación prudencial debe
tener presente este importante condicionamiento. Las críticas a la
normativa prudencial que haremos tendrán un carácter de señalar
factores que son absolutamente secundarios frente a la gravedad del
problema central.
Con
respecto a la segunda lección de las crisis bancarias, la
necesidad de tener en cuenta la vulnerabilidad que surge de la dependencia
de los mercados de capitales, la política económica tomó en cuenta uno
de estos aspectos a través de procurar una estructura temporal de la
deuda que no concentrara los vencimientos sino que los distribuyera armónicamente
en el tiempo.
Sin
embargo, un mayor énfasis en incrementar el nivel de ahorro doméstico,
así como evitar que el ahorro privado se ‘consumiera’ en la
financiación del des-ahorro público, podría haber reducido la
vulnerabilidad externa de la economía.
Durante
los 90’s la tasa de ahorro interno fue inferior al 17% del producto
bruto, el cual se consumía parcialmente en financiar el des-ahorro del
sector público del orden del 1.5% a 2.5% del PBI a nivel nacional y
alrededor de 1% a nivel del consolidado provincial. Simultáneamente, las
posibilidades de inversión de la economía requerían una tasa de inversión
del orden del 20-21% del PBI. La diferencia estaba financiada por ahorro
externo, que alcanzó un máximo del 5% del PBI en 1998. La reducción del
déficit fiscal, así como una política tributaria orientada a
incrementar el ahorro doméstico son medidas que hubieran contribuido a
disminuir la vulnerabilidad de la economía. La reforma del sistema de
jubilaciones fue una medida de largo aliento orientada en este sentido.
Tercera
lección. En
este marco macroeconómico se diseñaron las normas prudenciales. Estas
tuvieron dos objetivos centrales: evitar que el rápido crecimiento del
sistema financiera fuera origen de problemas futuros, debido a una
asignación imprudente del crédito, al mismo tiempo que asegurar que
pudiera amortiguar shocks externos que pudiera enfrentar la economía
argentina.
Las
normas prudenciales tomaron en cuenta la mayor volatilidad macroeconómica
argentina, imponiendo requisitos de capital sustancialmente superiores a
los recomendados por el Acuerdo de Basilea de 1988. Estos requisitos,
junto con normas de previsionamiento muy estrictas, requerimientos de
información de balances con regularidad, la publicación mensual de la
calificación de todos los deudores del sistema financiero, límites
precisos a la exposición con cada cliente, permitieron el crecimiento de
un sistema financiero fuertemente capitalizado con capacidad para absorber
shocks macroeconómicos importantes. Cuando estos shocks externos
ocurrieron el sistema financiero continuó creciendo. Sólo dejó de
hacerlo cuando el shock fue la falta total de credibilidad de la política
económica para atender el problema de la deuda externa.
Cuarta
lección. La
falta de un prestamista de última instancia fue reconocida claramente en
la política de liquidez. Ésta permitió sortear la pronunciada caída de
depósitos que sobrevino a la devaluación mexicana, y fue reformulada
luego para tomar en cuenta las lecciones aprendidas, dimensionándolo para
una caída de depósitos del orden del 25%.
Básicamente,
se construyó un PUI privado, basado en el requerimiento de que los bancos
tuvieran activos internacionales líquidos en proporción a sus pasivos,
variando esa proporción sólo en función de la fecha a vencimiento de
los pasivos. Para complementar este esfuerzo del sistema financiero, se
contrató una línea de crédito contingente con un grupo de bancos
internacionales, para ser utilizado en caso de una corrida bancaria. El
tercer elemento era el uso de las reservas excedentes del Banco Central,
manteniendo siempre el respaldo que exigía la Carta Orgánica. En total,
el sistema tenía la capacidad de devolver hasta el 40% de los depósitos.
Esta
política, sin duda cara en términos de los recursos sustraídos del crédito
doméstico - que alcanzaron a 18.000 millones de dólares -
y de su impacto sobre el spread bancario (que aumentó alrededor de
60 puntos básicos para gran parte del período), probó ser un
instrumento disuasivo que permitió que los depósitos del sistema
financiero continuaran su crecimiento in-interrumpido a pesar de la crisis
de inusitada magnitud y frecuencia: la del sudeste asiático del 97, el
default de Rusia del 98, la devaluación de Brasil del 99 y el default de
Ecuador del 2000.
La
quinta lección
que hemos mencionado es la importancia de los medios de pago para el buen
funcionamiento de la economía. Desde muy al comienzo de la década, el
Banco Central hizo importantes esfuerzos tendientes a mejorar la
infraestructura tecnológica y legal del sistema de pagos. Al amparo de
estas normas, se crearon nuevas cámaras compensadoras de valores privadas
y una cámara de compensación en tiempo real en el Banco Central. Esta
mejora en la tecnología del sistema permitió una expansión sustancial
del sistema de pagos.
Con
respecto a su intangibilidad, debemos reconocer que muchas veces
consideramos la posibilidad de ampliar la exigencia de requisitos de
liquidez sobre los medios de pago, como mecanismo para protegerlo de los
avatares de las reservas fraccionarias. Esto hubiera sido costoso, pues
dado que las cuentas corrientes y cajas de ahorro tenían saldos por cerca
de 24.000 millones, y que sólo tenían cobertura de liquidez por un 20%,
darle pleno respaldo a estos depósitos hubiera significado aumentar los
requisitos mínimos de liquidez en alrededor de 20.000 millones de dólares.
Sin embargo, no sólo era políticamente
inviable – dado que no se percibían tan claramente como ahora los
costos de una ruptura de los medios de pago- sino que ni siquiera está
claro que hubiera sido efectivo para evitar su ruptura. De hecho, el
congelamiento de depósitos que realiza el gobierno del Presidente de la Rúa
no tomó en cuenta en lo más mínimo la necesidad de proteger los medios
de pago, razón por la cual nos parece difícil pensar que si el respaldo
de los medios de pago hubiera sido mayor, este hecho hubiera sido tenido
en cuenta.
Es más, de haber tenido una preocupación por
los medios de pagos, estos podrían haber quedado totalmente inmunes a las
medidas extremas que debieron adoptarse. A la fecha del congelamiento, a
fines de noviembre del 2001, existían medios de pago bancario por 17.000
millones de dólares. Las reservas totales del sistema financiero (Banco
Central más requisitos de liquidez) alcanzaban a 19.000 millones de dólares.
Dado que los pesos en circulación ascendían a 10.000 millones y que el
Banco Central estaba obligado a mantener reservas por hasta un 70% de ese
monto, quedaban 12.000 millones de dólares de reservas para respaldar los
medios de pago, es decir, una cobertura de más del
75%. Estos números indican claramente que, entre las opciones que
tenía el Ministro de Economía, existía la posibilidad de defender
plenamente los medios de pago, pero requerían que este fuera un objetivo
explícito del gobierno.
La pregunta de si hubiera sido mejor tener
100% de respaldo de los medios de pago se puede responder sólo si se
hacen grandes supuestos sobre el grado de respeto a nuestro ordenamiento
jurídico.
Un
sexto punto
al que me he referido en las lecciones de la crisis es el referido al
descalce de monedas. Más allá de lo que disponían las normas legales
que regían la captación de los así llamados argendólares, la normativa
prudencial del Banco Central no estableció límites especiales a los
descalces de moneda en términos de capacidad de repago.
Podría
argumentarse que esto significó un grave error, y es posible que así
sea. Sin embargo, la vigencia de una ley, que se entendía como un régimen
permanente y no transitorio, el apoyo político que esta concitaba en la
población y los resultados que había obtenido a lo largo de casi una década,
hacía innecesario implementar normas en este sentido.
En todo caso, el error que se nos puede
imputar es el no tomar en cuenta la realidad política. La convertibilidad
cae porque se considera impracticable un ajuste de 1% del producto en el
gasto público, para que una devaluación devastadora practique un ajuste
varias veces superior en los salarios del sector privado y público.
Tampoco reconocíamos esa realidad política
presente en los últimos 30 a 40 años de la economía nacional, el
empresario ineficiente. Éste estaba acostumbrado a esconder su
ineficiencia vía el endeudamiento bancario y, luego, al grito de ¡falta
de competitividad! lograr la devaluación que licuara su deuda. Razonábamos
por entonces: ahora esto no va a ser posible, pues la deuda está en dólares.
Nuestra ingenuidad política quedó demostrada
junto con el nacimiento de un nuevo verbo: pesificar, conjugado como:
“Yo me endeudo en dólares, pesifico y licuo mi deuda. Tú, que
depositaste en dólares y me financiaste, eres pesificado y te jorobas.
El, que no tiene ni un centavo de depósito, paga la diferencia entre lo
que yo pago y lo que tu recibes. O sea, que nosotros nos salvamos, ustedes
se joroban, y ellos pagan nuestra deuda”.
Reconocida
nuestra ingenuidad, analicemos los números. Observamos que existía un
descalce contable positivo en moneda extranjera pues los activos
expresados en dólares superaban los pasivos en más de 10.000 millones.
Sin embargo, lo relevante no es la moneda en la que están expresados los
activos sino la moneda en que está expresada la capacidad de repago de la
deuda con los bancos. Aún cuando no existe una estadística precisa sobre
este tema, podemos aproximarla razonablemente usando las estadísticas
sobre el destino de los créditos por sector de actividad (la última
información disponible es a diciembre 1999) y haciendo algunos supuestos
extremos.
Del
total de los activos de los bancos a diciembre del año 2000, es decir,
130.000 millones, 18.000 millones eran requisitos mínimos de liquidez,
mientras que 15.000 millones estaban prestados a actividades de la
producción de bienes, tanto producción primaria como industria.
Considero que sólo esos activos tienen capacidad de repago en dólares, y
que el resto de los activos bancarios (créditos al sector público, la
construcción, servicios y familias) no podrán afrontar la más mínima
devaluación. Es un supuesto extremo, sobre todo si pensamos en
devaluaciones del orden del 20 o 30%.
Los
pasivos en dólares ascendían a 83.000 millones mientras que los de pesos
eran de 30.000 millones. El sistema financiero tenía un patrimonio neto
superior a los 17.000 millones de dólares, alrededor de 10.000 millones
en exceso con respecto a lo requerido internacionalmente.
Bajo
los supuestos extremos presentados, la posición neta del consolidado del
sistema financiero era negativa en casi 50.000 millones de dólares, por
lo que una devaluación del 20% consumirá todo el capital excedente con
respecto a las Normas de Basilea mientras que una del 35% consumirá todo
el capital. Una devaluación del peso a 1,50 por dólar hubiera
significado que el patrimonio neto del sistema habría sido de alrededor
de 6.000 millones de dólares
Dado
que estos números están en el rango de lo que puede considerarse de
sobrevaluación del peso argentino, podemos concluir – sin la menor duda
– que el problema no ha sido el descalce de monedas ni la devaluación
en sí, sino la forma en que esta se instrumentó.
Una
devaluación desordenada como la que se implementó, con rompimiento del
marco jurídico, implica una fuga de capitales de tal magnitud que
necesariamente produce una enorme sobrevaluación del tipo de cambio, con
el impacto consecuente sobre todo el sistema productivo, la distribución
del ingreso y de la riqueza.
La
septima lección que he mencionado es la exposición del sistema financiero al sector público.
Mencionamos que, en países emergentes, el riesgo de default que
caracteriza a la deuda pública puede introducirse en el sistema
financiero si la exposición no guarda límites prudentes. En ese sentido,
ya en 1993 se había establecido un límite del 25% de la RPC de la
entidad a cada sujeto de crédito, sea este privado o público. Se incluía
en este límite la asistencia brindada por las tenencias de títulos públicos
provinciales o municipales, pero no los nacionales.
Aquí
cometimos dos errores. El primero, fue no considerar dentro del este límite
la exposición del sector público a los títulos del sector público.
Este error no fue significativo hasta 1999, pues la tenencia neta de títulos
públicos se mantenía dentro de los parámetros recomendables, menos del
25% de la RPC. A mediados de 1999, y en particular durante el año 2000,
las necesidades del Tesoro Nacional junto con la menguada demanda de crédito
del sector privado y una capacidad prestable en crecimiento, determinaron
un aumento en la participación de los títulos públicos. En marzo de
2001 esta era de 55% de la RPC.
El
segundo error fue considerar un límite para cada provincia, bajo el
supuesto implícito de que tenían una capacidad de repago distinto del
estado nacional. La realidad es que la incidencia de la recaudación
nacional de impuestos es muy significativa en la mayoría de las
provincias que recurrían al endeudamiento bancario y, por lo tanto, que
problemas en la recaudación nacional ocasionarían problemas en la
capacidad de repago provincial.El endeudamiento de las provincias a ser el
50% del patrimonio neto del sistema.
La
preocupación con el endeudamiento público crecía en el Banco Central
durante el año 2000, al ritmo del crecimiento de la exposición del
sistema a ese sector. No obstante el crecimiento de la capacidad
prestable, la expansión del sector público significaba un ‘crowding
out’ del sector privado. Así, entre diciembre de 1999 y diciembre de
2000, el total del crédito aumentó en 4500 millones, pero la expansión
del crédito al sector público fue de casi el doble de esta cifra (8500
millones) lo que significó una contracción de 4.000 millones el crédito
al sector privado, algo así como el
6.5% del total de las financiaciones. Esto incidió muy
negativamente sobre el nivel de actividad del año.
En
marzo de 2001 el total de exposición al sector público alcanza al 141%
del patrimonio neto del sistema financiero. El ministro Cavallo,
desconociendo la gravedad de esta situación, intenta financiar el
desequilibrio fiscal de la nación y las provincias en el sistema
financiero y los fondos de pensión, llevando la exposición a 206% al
momento de instaurar el ‘corralito’.
Adicionalmente,
utiliza a la banca pública para canalizar los recursos del Banco Central
hacia sus arcas, violando indirectamente la prohibición de no financiar
al Tesoro. Así, entre abril y fines de noviembre, el Banco Central otorga
redescuentos y otras asistencias por valor de U$S 5.326 millones a los
banco Nación y Provincia de Buenos Aires
La banca pública, con sus innumerables problemas que recaen sobre
el tesoro nacional y los provinciales, viene ahora a jugar un rol a la
hora de violar restricciones legales expresas. Es para salvar a estos
bancos públicos, Nación y Provincia, que el Ministerio de Economía
decide implantar el tristemente célebre ‘Corralito’.
La
fuga de depósitos, que comienza en febrero frente a los ataques a la
autonomía del Banco Central, se agrava a lo largo del año. El resultado
es que a fines de noviembre del 2001, los depósitos han caído en 12000
millones desde marzo (18.000 millones desde diciembre 2000), el crédito
total se ha contraído en sólo 1500 millones gracias al efecto
amortiguador de los requisitos de liquidez, pero el crédito al sector público
ha aumentado en 7.500 millones al mismo tiempo que ha disminuido en 9000
millones el correspondiente al sector privado. El impacto de esta
contracción sobre el crédito doméstico es una impactante caída del
producto bruto, que en el segundo semestre del 2001 alcanza al 7% con
respecto al primer semestre.
No
considero, sin embargo, que los errores normativos señalados fueran
determinantes de la crisis bancaria, o el mecanismo a través del cual la
crisis de la deuda pública ‘se filtró’ al sistema financiero. Martín
Lagos ha hecho un trabajo muy interesante donde muestra que la corrida
contra los bancos fue independiente del nivel de exposición al riesgo público
que cada uno de ellos tenía. Así, bancos con muy poca exposición
tuvieron mayor fuga de depósitos que otros con una exposición máxima.
Esto no quiere decir que no hubiera sido mejor mantener estos límites en
los parámetros correctos, sino que relativiza la importancia de este
factor frente al impacto de la crisis de confianza en los activos
argentinos en general, incluyendo los depósitos, originada por la crisis
fiscal.
La
última lección
que mencioné al comenzar era la importancia de la independencia del Banco
Central. Esta fue reconocida en nuestro ordenamiento legal en virtud de la
nueva Carta Orgánica del Banco Central, sancionada en octubre de 1992.
Allí se le fijaba como objetivo prioritario la estabilidad de precios y
como objetivo secundario, la estabilidad del sistema financiero. Se
garantizaba la independencia de las autoridades del Banco las que no estarían
sujetas a ordenes o instrucciones del poder ejecutivo en materias de política
monetaria o financiera. Para garantizar esta independencia se establecía
que los directores no podrían ser removidos sin que mediara mala conducta
o incumplimiento de los deberes de funcionario público.
Aparentemente,
Argentina había aprendido esa lección e incorporado a su
legislación estos principios. La realidad es muy distinta como lo
demuestra mi proceso de remoción, en el cual el Poder Ejecutivo expone
dos causas de mala conducta: hablar de la dolarización y hacer pública
una nota que le dirigí al Ministro Cavallo reprochándole conceptos
totalmente erróneos que expuso durante la celebración de la primer década
de la convertibilidad.
La
realidad política es que va a haber un Banco Central independiente en
Argentina no porque se sancione una ley, pues sancionamos muchas más
leyes de las que estamos en condición o con vocación de cumplir – ver
sino la ley de responsabilidad fiscal, la de intangibilidad de los depósitos
y la de déficit cero, para mencionar tres experiencias recientes. Va a
haber un Banco Central independiente recién cuando sea un tema
prioritario en el debate político, cuando la población lo demande políticamente.
III.
Sugerencias para la reformulación del sistema financiero
Paso
ahora a la etapa de las sugerencias acerca de cómo re-formular un sistema
financiero que tenga mejor suerte en el país de los argentinos
La
gravedad de la crisis llevó a varios economistas a presentar distintas
ideas sobre la forma de re-construir un sistema financiero. Atacando a
fondo las causas del problema, la arbitrariedad del manejo legal del Poder
Ejecutivo y el Congreso Nacional, algunos
abogaban por una banca off shore, es decir, fuera totalmente del ámbito
de la competencia del Congreso Nacional, o bien un “narrow banking”,
es decir, de un sistema financiero sin reservas fraccionarias.
Este
énfasis inicial en una refundación desde los cimientos de la banca ha
dado paso a su contracara, su antitesis, una actitud que, al calor de la
estabilidad cambiaria y de precios y de un incipiente rebrote de los depósitos,
cree ver resuelto todos los problemas del sistema financiero. Pues ni lo
uno ni lo otro.
La
verdad es que lo que estamos observando hoy en día es la impactante
contracción de demanda agregada causada por una fuga de capitales sin
antecedentes en la historia argentina: más de 25.000 millones de dólares
en un año, del orden del 20% del producto bruto en el primer semestre de
este año.
Una
contracción que prácticamente ha destruido el mercado laboral condenando
a un cuarto de la población al desempleo, a más de la mitad a una
situación laboral precaria, a
igual porcentaje de la población a la pobreza y a un número nunca visto
a la indigencia. Con este mercado laboral, el salario nominal no puede ni
siquiera sostenerse.
Niveles
de desconfianza altísimos, que tienen que ver con el ‘todo vale’
instaurado por la ruptura indefinida de contratos, genera un marco de
impredicibilidad tal que lleva a niveles de inversión que no alcanzan
para mantener el stock de capital físico. A su vez, el stock de capital
humano disminuye día a día, producto de la fuga de los argentinos que
buscan en el exterior la oportunidad de su realización personal.
Esta
fuga de capitales, basada en la incertidumbre causada por la legislación
pasada, se ve reforzada por una política en materia de precios de
servicios públicos que no tiene en cuenta la realidad económica y se
basa puramente en consideraciones políticas.
En
este contexto, observar que algunos cientos de millones de dólares, de
los miles que se fugaron el año pasado, y frente al clima de inseguridad
imperante, optan por volver al banco, no significa que podamos pensar que
ya la crisis pasó y que podemos volver a tener un sistema financiero
pujante.
Por
otra parte, creo que tenemos la obligación de aprovechar esta oportunidad
en la que la magnitud de los perjuicios causados por la inestabilidad
financiera están en carne viva, para promover aquellas modificaciones que
permitan asegurar que el sistema financiero será un factor de estabilidad
y un promotor del desarrollo.
Es
por eso que creo importante delinear algunas ideas para afianzar el
sistema financiero. Las dividiré en dos capítulos. El primero, las
necesidades de solucionar temas pendientes. El segundo, el de los cambios
normativos que sugiere la actual crisis
III. 1. Medidas para reconstruir los cimientos del
sistema financiero
Hay
un conjunto de medidas que el gobierno y el Banco Central deben adoptar
como pre-condición para poder sentar las bases de un sistema
financiero. Estas incluye, en primer lugar, la recreación de la confianza
en el orden jurídico, la renegociación de la deuda pública y la puesta
en marcha de un programa económico consistente con esa renegociación y
que tenga dos objetivos centrales: restituir la estabilidad de precios y
el crecimiento económico, todo en un marco en donde resurja la seguridad
jurídica.
Estas
son necesarias para lograr la confianza no en el sistema financiero, sino
en la economía argentina, y son por lo tanto pre-condiciones. En igual
plano se coloca la necesidad de eliminar los controles cambiarios, única
forma de asegurar el ingreso de capitales o, al menos, la disminución de
su salida.
Luego
son necesarias dos medidas específicas al sistema financiero y que tienen
por objeto asegurar su solvencia y liquidez. En primer lugar, efectivizar
la compensación de los perjuicios ocasionados por la pesificación e
indexación asimétrica, por los amparos y por otras medidas del gobierno.
En
segundo lugar, es necesario analizar la necesidad de la capitalización
del sistema. Dependiendo de los valores que se le asigne a la deuda pública,
será el valor del patrimonio neto del sistema financiero, oscilando las
valuaciones entre – 5.000 y
– 7.500 millones de dólares. No es posible reconstruir el
sistema financiero hasta que su solvencia esté fuera de toda duda. La
asistencia financiera de organismos internacionales – en el contexto de
la renegociación de la deuda pública- será fundamental para lograr este
objetivo. Ese apoyo se puede canalizar a través de la suscripción de
deuda subordinada o bien por medio de garantías a la deuda pública que
mantienen los bancos.
Por
último, es necesario asegurar la independencia del Banco Central. Esto
requiere, por una parte, un amplio debate en la sociedad para que sea ésta
la que lo demande, conciente de los perjuicios que causa la inestabilidad
de precios y del sistema financiero.
Pero
también requiere cambios legislativos. El ingreso al Directorio del Banco
Central debe ser por concurso público de antecedentes, organizado
por el propio Banco, que propondría una terna al Poder Ejecutivo, de la
que este debería designar al director. El Senado de la Nación debería
jugar su rol de otorgar el correspondiente Acuerdo.
La
remoción de los directores debe estar fundada en incumplimientos a los
mandatos legales. El proceso debiera estar originado en una acusación
formulada por el Poder Ejecutivo, que debiera ser analizada por la comisión
que actualmente prevé la ley u otra similar. De considerar configurada
las causales, debiera acusar al director ante el Senado, el que removería
al funcionario por simple mayoría. Tanto ante la Comisión como ante el
Senado de la Nación, el funcionario cuestionado debiera poder ejercer su
derecho de defensa.
III. 2. Cambios normativos sugeridos por la
crisis
Corresponde
ahora analizar las sugerencias de más largo plazo. Primero analizaré las
alternativas fundacionales y luego formularé mi propuesta
La
off shorización de la banca es una idea que se ha presentado como
alternativa al modelo vigente. Implica prohibir la banca nacional, a menos
que esta opere desde sucursales extranjeras, con legislación y supervisión
extranjera. Parte del supuesto de que la falta de respeto a los derechos
de propiedad en Argentina es una característica permanente de nuestra
sociedad y que es necesario buscar un anclaje institucional en la
estabilidad que exhiben algunos países extranjeros.
Implícitamente,
se está importando la legislación y supervisión bancaria de terceros países,
reconociendo nuestra incapacidad de producir una razonablemente estable.
Quienes proponen esta idea suponen que no habrá mayor impacto sobre el crédito
doméstico, por cuanto el crédito interno depende de la tasa de interés
internacional más la prima de riesgo país, y esta banca podría
contribuir a disminuir el segundo componente.
No
comparto esta idea por varios motivos. Creo que limitaría
significativamente el crédito, porque el ‘cross border risk neto’ de
los bancos del exterior aumentaría por cada crédito otorgado. Es
ilusorio, asimismo, que el sistema pueda alcanzar su objetivo de mantener
los depósitos fuera del alcance del Congreso Nacional, pues este siempre
retendría su capacidad de colocar impuestos y de regular la ejecución de
las garantías constituidas en el país (el instituto del ex
equatur).
Pero
también rechazo la off shorización porque no acepto el supuesto básico
de que la sociedad argentina no es capaz de formular un sistema financiero
que no estafe a los ahorristas. Reconozco que la evidencia empírica me
juega en contra. La pasión de construir un país justo, a favor. Ojalá
dentro de diez años no tenga que reconocer a quienes hoy impulsan la off
shorización que la razón debió haber tenido más peso que la pasión.
Además,
creo que habiendo libertad al movimiento de capitales, tal como existía
en los 90’s, quién quisiera operar con bancos del exterior podrá
hacerlo. Debiera estudiarse si las restricciones legales que impiden la
apertura de cuentas en bancos del exterior desde Argentina debieran ser
eliminadas para dar mayor agilidad al régimen de los 90’s.
El
‘narrow banking’ es la otra idea fundacional. Su objetivo es evitar
las reservas fraccionarias y, por lo tanto, la creación de dinero
bancario, protegiendo a ultranza los medios de pago, que tendrían
respaldo 100% en activos líquidos, dejando que la intermediación de
ahorro a inversión se canalice a través de otras instituciones. Al
eliminar la reserva fraccionaria elimina también la necesidad de PUI, de
garantía de depósitos, y elimina la posibilidad de una crisis bancaria.
Tampoco necesitan mucho capital, dado que la pérdida esperada es muy
baja, por lo que se libera capital para ser utilizado en otros sectores de
la economía. Tampoco son necesarias muchas regulaciones, pues los riesgos
son mínimos.
Por
otra parte, las entidades financieras que se dediquen al negocio de préstamos
pueden financiarse en el mercado de capitales doméstico, por lo que no
crearán dinero y, por lo tanto, no requerirían más regulaciones
prudenciales que las de las empresas que recurren al ahorro en forma pública,
con lo que podría ser mayor su eficiencia.
La
lista de ventajas, incompleta sin duda, es tan amplia que parece el modelo
que necesitamos para refundar el sistema financiero. Sin embargo, si bien
la idea se remonta muchos siglos atrás – incluso la propone Adam Smith,
no existe en ningún país del mundo.
Entonces,
¿cuáles son sus desventajas? Los teóricos de la banca encuentran que la
banca convencional tiene varias ventajas sobre los mercados de capitales.
Por una parte, promueve la creación de activos líquidos que le permite a
los inversores participar en la financiación de activos de largo plazo al
mismo tiempo que mantienen depósitos de corto plazo. Esta característica
esta basada en la no-necesidad que tienen los depositantes de retirar sus
depósitos al mismo tiempo. En segundo lugar, el contrato bancario es
superior al del mercado de capitales en cuanto a la posibilidad de
monitorear la conducta del tomador de crédito. Los depositantes, a su
vez, monitorean a los bancos mediante la renovación o no de sus depósitos.
Por último, la literatura menciona la existencias de sinergias entre la
toma de depósitos y créditos que minimizan los requerimientos de activos
líquido
Ponderar exhaustivamente estas ventajas y
desventajas está fuera del alcance de este trabajo. Pero no deja de ser
interesante reparar que un sistema bancario con narrow banking para los
medios de pago, y financieras que emitan bonos a mediano y largo plazo
para financiar la actividad crediticia, por el otro, puede capturar todas
las ventajas que se reputan a estas formas alternativas de organizar la
actividad financiera
III.3. Una propuesta.
Permítaseme, para terminar, que formule una
propuesta de reforma al sistema financiero.
Los medios de pagos serían depósitos con altísimos
requisitos de liquidez en una banca especializada, la Banca de Pagos.
Estos requisitos debieran estar constituidos en la moneda en que se capta
los depósitos, aunque debemos reconocer que los activos líquidos de
corto plazo en peso, los del gobierno nacional no son libres de riesgo. Es
por lo tanto posible que, al menos inicialmente, una gran parte del
respaldo de estos depósitos tengan que ser activos externos de alta
liquidez, mientras que el resto serían crédito al sector privado de cortísimo
plazo, como descuento de cartas de crédito, de cheques, de facturas, etc.
Si supusiéramos 50% en activos líquidos externos, esto demandaría
alrededor de 3000 millones de dólares. Una vez alcanzado el acuerdo con
el FMI, esta cifra de reservas podría ser vendida a los bancos,
revirtiendo la expropiación producida en los primeros meses de este año.
Los ahorros se canalizarían a otra banca, la Banca
de Inversión, y no serían depósitos sino Inversiones a Plazo.
Este cambio de nombre no es un aspecto secundario; mucha gente piensa
–o, al menos, quiere pensar cuando sobrevienen las crisis - que el
dinero que deposita en un banco se mantiene en la bóveda del banco. Al
llamar a la imposición “Inversión a plazo”, estaría claro
que esta tendría riesgo, pues tendría como contrapartida la inversión
realizada por el banco.
Esta banca funcionaría con las normas de
Basilea plus que han regulado el sistema durante los 90’s, con algunas
modificaciones.
La primera, que la ley de entidades
financieras debiera establecer un límite máximo a los préstamos al
sector público, tanto nacional como provincial y municipal. En la medida
que las provincias y municipios afecten en garantía rentas provenientes
de ingresos nacionales, estos créditos debieran computarse dentro del límite
de exposición del gobierno nacional.
La segunda, que debiera existir la posibilidad
de captar depósitos en moneda extranjera y depósitos
indexados por la evolución de un índice de precios. Se impondrían
normas de descalce de moneda, medidos en términos de capacidad de repago.
Los descalces exigirían un mayor capital en función del riesgo implícito
de una devaluación estimada no menor al 30-40%.
Los depósitos indexados serían la base del
desarrollo de un mercado hipotecario. Las AFJP debieran poder invertir sólo
en este tipo de depósitos y a plazos superiores a un año. No es
razonable que estas empresas que fueron creadas con, entre otros, el
objetivo de desarrollar el mercado de capitales, inviertan una porción
significativa de su activo en depósitos a la vista.
La
tercera, es la concerniente al PUI. En materia de liquidez, existirían
requisitos de liquidez constituidos en la moneda de cada depósito – en
la medida que existan activos libres de riesgo en cada moneda, caso
contrario en activos internacionales. Pero no sólo
se constituiría el PUI con estos recursos, sino con una disposición
legal que facultara al Banco Central a declarar su reprogramación en caso
de que una corrida bancaria que ‘consumiera’ el 50% de los
requisitos mínimos. Esta provisión está presente en las normas
legales vigentes, pero no sólo para resolución de crisis bancarias (es
decir, puede ser aplicada en el marco del 35 bis). El BCRA la utilizó sólo
una vez, en el caso de la liquidación del Banco de Crédito Provincial,
en donde los depósitos fueron reprogramados en función de los plazos de
vencimiento de los depósitos.
En
este mismo orden de ideas, debiera analizarse la conveniencia de imponer
un límite a la captación de depósitos en el total de pasivos, de forma
de asegurar que la Banca de Inversión tenga incentivos a
desarrollar la captación a través del mercado de capitales. Este límite,
muy bajo al comienzo, podría ir creciendo a medida que se desarrolla el
mercado de capitales, de forma de ir tendiendo, exponencialmente, a un
narrow banking total.
Un
punto importante para considerar es si los bancos debieran realizar estas
actividades en forma conjunta o separada. La realidad es que hay ventajas
y desventajas, las que varían en el tiempo, y que no he podido llegar a
una conclusión. La ventaja de mantener dos instituciones separadas es que
no puede haber contagio de la banca de inversión sobre la de medios de
pago. La principal desventaja es que se desaprovecha la enorme capacidad
instalada y se impide obtener los beneficios de complementariedad que
tienen ambos servicios.
No
tengo una respuesta definitiva sobre la forma de organizar la actividad.
Pero me parece que, dada la situación actual de la banca, sería
conveniente que fueran dos bancos totalmente independientes, propiedad de
una holding que sería el banco actual, y que se establezca una fórmula
clara de compartir los costos de prestar ambos servicios.
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